jueves, 17 de diciembre de 2009

Romeo y Julieta en la Alcarria

La Alcarria años 20...

La pared estaba blanca
Era un blanco inmaculado,
Con una escoba encalada.
Un balconcito adornado

Con una reja de forja
Donde había plantados
Los pendientes de la reina
Con dos colores mezclados.

Rojos claveles revientan
En dos botijos quebrados
Y geranios de colores
En tres tinillos rajados.

Tres ventanas fracturaban
La fachada del casón,
Que dignas engalanaban
Y llamaban la atención.

Puerta de madera vieja,
Reseca y con grandes grietas,
Los clavos de cabeza ancha
Adornando las maderas

Que de negro están teñidos
Por quitar el oxidado
Y la cortina extendida,
Rojos y negros los cuadros.

En la esquina de la casa
La Modesta remendaba
Los cojines, la camisa
Y las medias remataba.

El último rayo de sol
Lo aprovechaba en su espalda
Para y llevarse el calorcito
Que este astro le donaba.

Una silla muy chiquita
De aneas, ya muy pasada;
Utilizaba aquella anciana
En sus tardes reiteradas.

Teje y teje la Modesta
A ganchillo sus labores,
Absorta en sus pensamientos
Hace ya muchos albores…

Peina canas, no en exceso,
Recogidas en la nuca
Con dos peinetas de plata
En un moñete acurruca.

Duras arrugas el rostro,
Cuello y frente atraviesan.
Curtidas tiene las manos
De tanto como ajetrean.

De vez en cuando sonríe,
Otras veces lloras hieles.
¡Dura has tenido la vida!
Pocas han sido las mieles.

Desde que tu amado Andrés
Hizo asomo por tu vida,
Sin poder lograr tus nupcias
Quedaste muy abatida.

Pobre hombre este individuo.
Ni oficio, ni beneficio,
sin casa, ni tierras vino,
solo manos y buen juicio.

Valiente fuiste, Modesta
Al escapar con tu amado
Y a Madrid os vinisteis
Sin futuro ni pasado.

Orgullosa te casaste
Muy feliz y enamorada.
Dos de tus hijos nacieron
De esa vida esclavizada.

Después de varios años
Y varios intentos fallidos,
Os aceptaron tus padres
Apiadados, conmovidos.

Poco después de la vuelta
Volviendo por el carril
Llaman a Andrés dando gritos:
Empieza la Guerra Civil.

Madre de dos hijos, sola,
Sin nadie que la proteja.
En uno de los permisos
Embarazada la deja

Andrés. Sin tener ni idea
Vuelve con los sublevados
Ella, con toda su panza
Y los niños lado a lado.

Duermen y comen en cuevas,
Aviones que escupen bombas.
Pare hembra la Modesta;
En el suelo y en la sombra.

Por fin la guerra termina.
Vuelve padre, sucio y flaco.
A sus tres hijos abraza
Y a su esposa le da un saco.

Unas frutas y repollos
Va sacando del talego,
Que había recogido
Cuando volvía de Priego.

Todos los palillos tocan
Aquellos enamorados,
Labran, siembran, sirven, venden…
Hacen pan y unos ahumados.

Inviernos fríos y duros
Con nieve a medio pernal
Viaja por muchos lugares
Para ganarse el jornal.

En verano no es más fácil
La siega es espantosa
Fuego intenso los consume
Para no ganar gran cosa.

Por fin un día contento
Llega el marido a su hogar
Ha encontrado un buen trabajo
Pero tiene que viajar.

A Teruel, cuna del tajo.
Con un pan y alguna broa
En las alforjas. Y un gancho
Para llegar a Lisboa.

Contratado de ganchero,
Empezó con muchas ganas
Guiando troncos por el río.
Serían pocas semanas.

No pasaron ni diez días
Cuando los troncos rodaron
Desde arriba en la montaña
Y a Romeo atropellaron.

Cuando oyó a su cuñado
Modesta, llamarla fuerte,
No contestó, quedó muda,
Imaginose la muerte.

No iba mal encaminada.
No todo estaba perdido:
El tío Aniceto decía
Andrés solo estaba herido.

No sabe como está su hombre;
Desbordando agitación,
Lo encuentra en un camastro:
Recibe la extremaunción.

Qué poco duro la dicha
Que poco duro el amor
Poquitos años los hijos:
Once, cumplió el varón.

Docenas de veces su hijo
Propuso ir al cementerio
Donde su padre dormía.
Modesta con buen criterio

Nunca quiso allí volver
A aquel pueblo de Armallones
Y siempre decía lo mismo
Echando un par de “bemoles”

¿Para qué quieres que suba?
¡No me des ese castigo!
¿Para qué?, si ya no puedo
Traérmelo aquí conmigo.

Este es un trozo de historia
En que no tuvieron suerte
Un Romeo, solo y pobre
Y una Julieta muy fuerte.

Este es un trozo de historia
De mi abuelo, hombre corriente
Y de la mujer que adoró
A su esposo hasta la muerte.

Amanece en Madrid

martes, 15 de diciembre de 2009

Piruleto

Ayer tuve que hacer una gestión cerca del Hospital del Niño Jesús y como iba con tiempo, entré, me acerqué a información donde pregunté como podía encontrar a algún voluntario o, en su caso, que me dijeran quién podía informarme sobre el tema que me llevaba allí: la entrega de juguetes en perfectas condiciones, no para regalo de los niños, sino para uso en el hospital. La persona que lleva todos estos temas es Mariano, del departamento de Atención al Paciente. Me dirijo al despacho y me encuentro un individuo que salía con una maleta, no creía que pudiese ser Mariano, no obstante le pregunté:
-¿Eres Mariano?
-Si, ¿quieres hablar conmigo?
-Bueno, veo que te marchas…
-No importa, no tengo prisa, pasa y cuéntame.

Me adentro en el despacho lleno de papeles, de dibujos, un poco desordenado, la verdad…

Le cuento la intención que tenía con los juguetes casi sin usar de mis hijos, a lo que me contesta que tuvieron que tomar la decisión de no aceptar juguetes, ya que podrían tener algo que no les hiciera bien a los niños ya que muchos de ellos tenían afecciones pulmonares y podrían ser afectados, por ello solo aceptaban los juguetes que les llevaban las asociaciones y organizaciones, como por ejemplo, en estas fechas los equipos de fútbol.

La explicación me resultó más que coherente. Me desanimó un poco no poder llevarles a los niños algo con lo que poder entretenerse, pero en fin, me pareció, como digo, muy lógico y sensato lo que me dijo Mariano.

Me fijé en un folleto de payasos que vi. en la mesa.
-¿Y el tema del voluntariado? –pregunté.
-¿Has sido voluntaria alguna vez?
-Pues no, no he hecho nada parecido nunca.
-Mira, primero hay que hacer un curso de tres días, muy básico para saber un poco como actuar con unos niños que están enfermos, pero si quieres, pueden darte más información Paloma de Cruz Roja y Piruleto. Piruleto se encarga de llevar a los niños que vienen a ingresar a sus habitaciones e instalarlos, espera, que tiene que estar por aquí y le llamo.

-¿Dónde andas? –preguntó Mariano móvil en mano.
-Vale, pues te mando una voluntaria a la puerta del teatro.

Mariano me indica por donde voy al teatro y para allá que me voy…

A mitad de camino, abriendo una puerta de cristal, me encuentro un payaso.
-¿Tú eres…-no me dejó terminar.
-¿Y tú? –dice el payaso.
-Creo que me tenía que encontrar contigo…
-No, creo que no, yo he quedado con una voluntaria en la puerta del teatro.
Un niño conducido por sus papás en una silla de ruedas pasa por nuestro lado y Piruleto le empieza a dar martillazos en las manos con esos juguetes para bebés que hacen ruido.
Yo tenía la sonrisa puesta.
-En fin, que me voy al teatro… le chinché…
-Vale.
-Hasta luego.
-Anda, anda, ven aquí, que hablamos aquí…
-Me manda Mariano –le cuento.
-Ya lo sé (esta vez, acompaña la contestación con un martillazo en el hombro. Yo me tronchaba de risa.
-¿Eres voluntaria?
-Pues no, pero me gustaría serlo.
En ese momento pasa una pareja de abuelitos y se les pone en medio para no dejarles pasar… el abuelillo se le quedó mirando y de repente soltó una carcajada. A todo esto Piruleto, con una cara muy divertida, no se rió en ningún momento.
-¿Tú sabes que te tienes que vestir así?, de normal, no como vas, que das risa…
El atuendo era un traje de payaso con muchos colorines, una peluca amarilla, un sombrero rojo, la nariz que no falte, y llevaba colgados por todos sitios un montón de juguetes con los que hacía sonreír a los niños (y mayores).
-Vale, -contesté- No me importa, al contrario, a veces saco el payaso que llevo dentro pero sin traje no es lo mismo.
-Venga, pues tenemos plazas, dame tu teléfono.
-No que me lo quitas y me quedo sin saldo ni batería –contesto; esta vez le dejé sin chiste, jajaja.
-El móvil no me lo sé, pero te doy el fijo: 91 XXX 86 (no me deja terminar de nuevo)
-¿Cómo ocho seises?
-Ocho seis, repito.
-Pero señora míaaaaaa, como van a ser ocho seises si ya me paso de númerosssssssssss.
-La leche que t’an dao… ahora me he bloqueado y no me acuerdo del número, no te fastidia….
Pero el señor payaso no se reía…
En fin, terminé como pude dándole el número de teléfono.
-¿Tu nombre?
-Fulanita y ¿el tuyo?
-Ya lo sabes, Piruleto.
-Vamos a ver, cuando llames a mi casa, si te coge otra persona y pregunte: ¿de parte de quién?, ¿tú que vas a contestar?
-Piruleto.
Desistí… bueno no, todavía me quedó un recurso:
-A ver, te lo digo de otra forma ¿cuál es tu nombre cuando te quitas la peluca y la nariz?
-¡¡¡¿¿¿Es qué tu te quitas el pelo y la nariz???!!!
Ahora sí que me desarmó. Ahora sí que desistí.
-¿Tú nunca te ríes? Le pregunté
-No, la que te tienes que reír eres tú.
Me lo dijo con un tono tan cariñoso, que se me saltaron las lágrimas de la emoción. Con la lágrima retenida y aguantando como podía, intenté despedirme:
-Venga, espero tu llamada. Me dio corte darle dos besos y le tiré uno con la mano mientras empezaba a caminar.

Yo iba como los niños pequeños, no sabía si reír o llorar. Me pareció un tipo excepcional.

Hacía unos días estuve también en ese mismo hospital y se me cayó el alma a los pies viendo a los niños paseando por los pasillos. Después de conocer a Piruleto, veía a los enanos de otra forma.

Ya estoy apuntada para hacer los cursos necesarios para ponerme a las órdenes de Piruleto. Incluso me guardan la plaza para cuando los tenga hechos.

En este momento, soy feliz. Estoy emocionada, contenta, enternecida por el trato, la dulzura que les dan a los niños, conmovida, impresionada, fascinada y deseando que llegue el día…

Lo único que me queda por decir, es que me gustaría transmitiros mi estado de ánimo en este momento, transmitir la alegría que siento y poder propagar o contagiar este sentimiento de plenitud.

Amanece en Madrid.

domingo, 13 de diciembre de 2009

La Navidad

En estas fechas de Semana Santa que se nos aproximan, hay tradiciones que me gustan, unas más que otras, claro, como a todos.

Hoy he hecho unas torrijas que estaban para quitarle los males a cualquiera… He hecho de dos formas, unas de vino y otras de leche. No me habían salido nunca igual. He invitado a comer a mi madre, a mi hermano y familia, a mis cuñados… les he dicho que teníamos un postre propio de la época del año en que estábamos y que no se lo podían perder.

Para no perder la tradición, he hecho sangría, que no se muy bien por qué, en mi pueblo le llaman limonada y en otros lugares zurracapote. Y para terminar de apañar la cuestión, para comer: salmón; que como no se puede comer carne, pues ha sido una buena opción.

Cuando llega mi cuñada la sabelotodo, me pregunta que si no he adornado la casa, a lo que le he contestado que no… ¡que esperaba!, ¿que pusiera el Cristo de los Gitanos en mitad del Salón? Mi hermano empeñado en tomar un vermouth… es que… hay que tocarse las narices… para esto llevo yo una semana preparando la limonada… Mi madre, la mujer, que si no tengo un caldito de pollo (no te fastidia, luego dirá que sigue siempre la tradición, ¡señora mía, el caldo de pollo no se toma en Semana Santa!): esto, claro, me lo he pensado, no se lo he dicho.

Ponemos la mesa. Sirvo unos entrantes a base de espárragos, tomate con laminitas de ajo aliñado con aceite, almendritas, huevos rellenos con atún, boquerones en vinagre… en fin, no estaba mal el asunto… Después llega el salmón: -Que si mi niña no puede comer porque se atraganta con las espinas: mi cuñado. –Que si a mí no me gusta el salmón: mi cuñada. Que al final la niña se atraganta con una miga de pan, pero ¡la culpa la tiene el salmón…! en fin, estas cosas que pasan…

Así llegamos al postre y mientras quito la mesa, los niños todos a una: -¡BIENNNNNNN! ¡Ahora el turrón!

-¡Qué turrón ni que gaitas dicen estos niños!
-Tía, ¿tú por qué no has puesto árbol de navidad, o nacimiento?
Yo anonadada estaba con las bandejas de las torrijas en la mano…
-Tía, a mí lo que más me gusta es el mazapán.
-Mami, la prima dice que se va a comer todo el turrón.
-¿Qué día es hoy? Pregunto con mucho reparo.
-Cariño, 23 de diciembre, ¿no te acuerdas que ayer estuvimos viendo enterita la lotería en la tele? Contesta con cierto tonillo extraño mi consorte.

¡Claro, era por eso que había tantas luces por las calles, y no había procesiones, y todo el mundo gritaba… Feliz Navidad! Unos niños con panderetas me cantaron un villancico en la puerta de casa preguntando por un tal Guirnaldo, yo les contesté que no le conocía… Y yo pensando que era 23 de marzo…

Per no me importó, les dije que esperaran un momento, escondí las torrijas y me subí al altillo donde guardo los turrones sobrantes, mazapanes y polvorones que sobran y no se comen… esos que normalmente se tiran porque de un año para otro están caducados… pues había suficiente para todos. Después saqué la sidra (caducada también) y estuvieron encantados. Mi hijo mayor decía que no había probado unos postres tan ricos en su vida… Así hemos empezado a festejar estos días que se nos vienen por delante… ¡La Navidad!

Como remate, saqué el árbol, las figuritas del belén y todos los accesorios y les dije a los niños que estaba esperando ese día para que lo pusieran todo ellos como quisieran.

Además de guardarme las torrijas, porque evidentemente, no las saqué a la mesa, me adornaron la casa y yo quedé como una reina.

Amanece en Madrid

lunes, 7 de diciembre de 2009

EL SINCOPE

Para volver a mi casa, tenía que tomar dos autobuses. El primero me dejaba en Atocha RENFE, donde está el monumento circular de cristal conmemorativo por las víctimas del 11-M, cuando al ir a cruzar la calle, me empecé a sentir mareada, cada vez más mareada. Me agarré al semáforo y noté como caía lentamente mientras escuchaba una voz que me decía: -Señora, ¿le pasa algo?... Yo ya no pude contestar.

Me ayudó a terminar de caer para no hacerme daño y que mi cuerpo quedara en la acera, mientras por el walkie talkie llamaba a los compañeros que estaban por toda la glorieta. Era un agente de movilidad.

Al momento, llegaron varias personas, que supuse que eran los compañeros, porque se oían ruidos de radios haciendo interferencias o walkies o algo parecido. Yo no podía moverme, ni abrir los ojos, ni hablar, pero sí escuchaba, no había perdido el conocimiento.

Oí como uno de ellos llamó al SAMUR, y escuchaba como le decían que salía inmediatamente. Después les indicaban como habían de colocarme: me estiraron el brazo derecho colocando mi cabeza encima y estirando mis piernas. Uno de los agentes, se puso detrás, sujetándome por la espalda para mantenerme en esa posición.

Eran más de las 20:00 horas y hacía frío. Yo llevaba una capa que se soltó de mi cuerpo quedando en mangas de camisa. Comencé a temblar… El agente que estaba en contacto con el SAMUR, seguía dando información de mi estado, hasta que otro de ellos comenzó a gritar: -¡está convulsionando, está convulsionando! Lo que retransmitió el primero de la misma forma en que lo escuchó.
-¡Calla hombre que no, que tiene frío! –dijo un tercero e inmediatamente se quitaron las cazadoras para taparme con ellas, remetiéndolas bien por debajo y que me aislaran del suelo.

Mientras, yo empezaba a encontrarme un poquito mejor y pude abrir los ojos… ¡Coño!, el ejército en pleno…un montón de pares de botas delante de mis ojos (no, eran los de movilidad, pero yo que sé como van vestidos...) Eran como media docena… ¡Leche, que pollo he montado!

Intenté mover la mano y lo conseguí, pero nadie se daba cuenta. Lo único que escuchaba es que estaba inconsciente en el suelo, que no hablaba y que tenía poco pulso. Al momento alguien se dio cuenta de mis leves movimientos digitales.
-¡Está consciente! Comunicaba el primero a los compañeros.
-¡Está consciente! Comunicaba el segundo al SAMUR
-¿Ya habla entonces? Pregunta la señorita del SAMUR.
-No, pero mueve una mano.
-¿Toma usted pastillas? -Yo muevo la mano.
-¿Son para la tensión? -Vuelvo a mover la mano.
Y de esta manera, le comunica al compañero el resultado de su interrogatorio.
Éste se lo comunica a la señorita del SAMUR que a su vez le pregunta
-¿ya habla?
-No.
-Entonces ¿por qué lo sabe?
-¡Porque ha movido la mano!
Imagino, que la pobre mujer estaría alucinando en colores, pero no unos colores cualquiera, sino fosforescentes…

Poco a poco me empecé a incorporar. Los agentes me quitaron las cazadoras y me ayudaron a llegar a un banco, donde me volvieron a abrigar con sus guerreras.

No tardó la ambulancia en llegar. Dos tipos como armarios de tres cuerpos, con chaquetillas amarillas me ayudaron a subir a la ambulancia. Me tomaron la tensión (dos veces) y la tenía algo alta y emprendieron el cuestionario: nombre, domicilio, antecedentes familiares, si me había pasado antes, si sabía donde estaba, si… si… y más si…
-A ver, cuantos años tienes.
-Cuarenta y seis.
-Perdona, quizá debería llamarla de usted, es mayor que yo, yo tengo cuarenta y cuatro.
Por un momento no sabía si iba en serio o en broma e hice un gesto parecido a una sonrisa.
Comenzó a mover el dedo índice hacia los lados mientras con la otra mano me sujetaba la cabeza, proponiendo que siguiera su dedo. Primero a la izquierda, luego a la derecha, a la izquierda de nuevo…
-Saca la lengua, -yo obediente, aunque me parezca una falta de respeto, le saco la lengua.
-Muévela, -igualmente acaté lo que proponía con mucha vergüenza, pues parecía que me estaba insinuando…
-Ya hemos terminado, puedes saludar a la cámara oculta. Por un momento pensé que podía ser cierto, que corte…. Al señor facultativo le entró la risa. Decía que se me habían subido los colores, con lo cual, mi acaloramiento se disparó.
-¿Qué hacemos contigo? Preguntó el médico.
-¿Hay algún contenedor cerca? Contesté.
-Pues no se, pero podemos buscar…
-No, en serio, que estoy bien, me voy a casa y ya está.
-¿Estás segura?
-Si, de verdad, que estoy bien.
-Mira que no nos cuesta trabajo llevarte al hospital.
-Que no, que no hace falta.
-¿Y cómo te vas?
-Pues en el autobús, si yo estoy ya bien.
-¿Dónde coges el autobús?
-Allí, -contesto estirando mi brazo izquierdo.
-Imposible, contesta el doctor. Ahí está el Museo Antropológico.
-Entonces allí en frente.-contesto indicando el lugar contrario, señalando con el índice de la mano derecha.
-Como quieras, pero insisto en que no nos cuesta trabajo llevarte a un hospital.

Ya me estaba levantando, poniéndome mi capa y colocándome el bolso para marcharme. Firmo el alta y bajo de la ambulancia.

Para hacer la gracia de la despedida, no se me ocurre otra cosa que decir:
-Lástima, en el fondo me hubiese gustado que me llevaseis al Central para conocer a Vilches.
-¡Anda, lo que no sabes es que el conductor de la ambulancia de la serie es de verdad conductor del SAMUR! Subrayaron ellos.
-Claro que lo sé, hizo la mili en la Cruz Roja con mi hermano. Yo le conocí entonces… pero claro, cuando comenzó a salir en la serie, no le reconocí, había cambiado un montón.

No había terminado de decir la frase, cuando me empiezo a encontrar mal y se me doblan las rodillas por segunda vez, veo todo borroso… no puedo controlar mi cuerpo; menos mal que tenía a los armarios de tres cuerpos al lado, si no, me voy de bruces…

-¡Anda, sube a la ambulancia!, ¡mira que eres cabezota!… ¡si no te hubiésemos hecho caso, ya estaríamos en el hospital!

De vuelta a la camilla, de nuevo la tensión, otra vez los jueguecitos de preguntas, de dedos y de lengua…

-Ahora no me vas a decir que no vas al hospital, ¿no? –Increpó el médico, a lo que yo negué con la cabeza, aunque en mi interior estaba maldiciendo ese momento y esas circunstancias.

Mientras hacían las llamadas pertinentes para comprobar si podían llevarme a una clínica privada fuera del municipio, se paró una pareja para hablar con ellos un momento. Cuando el médico regresa a la ambulancia me dice:
-Esta pareja iba en el avión que se accidentó en agosto del año pasado. Salieron ilesos los dos, son compañeros nuestros pero siguen de baja por las secuelas psicológicas que les han quedado. A mí se me encogió el corazón.

-Quedamos algunas veces a cenar o a pasar un rato pero está vetado hablar de aquello, eso no quita para preguntar como están, de una manera una manera un poco trivial y ya está. No es bueno estar todo el tiempo pendiente de lo mismo, que todo el mundo te haga a todas horas las mismas preguntas.

En ese momento, el conductor que hacía los trámites para mi traslado, entra en el vehículo y nos explica que lo ha tenido complicado, pero que nos vamos al hospital que me corresponde.

-El 11-M, yo estuve aquí. Nos ofrecieron a todos ayuda psicológica, pero yo dije que no me hacía falta, que me iba a Huesca, una ciudad de unos miles de habitantes y allí me relajé y poco a poco se fue pasando. Claro, que yo digo que es una ciudad pequeña, pero mi mujer es de un sitio más pequeño todavía, solo tiene un par de cientos de habitantes.
-Pues el mío tiene veintinueve (interrumpí yo)
-¿Veintinueve mil? Preguntó el señor doctor.
-¿En algún momento he dicho yo algo de mil?, no. Veintinueve. Ya.
-¿Y de donde es ese pueblo?
-De Guadalajara.
-Anda, pues yo conozco algo de Guadalajara…
-Pero mi pueblo seguro que no, le dije con una sonrisa que brotaba de mis labios por primera vez desde el segundo síncope. Venga, dime qué conoces.
-Pues Sigüenza, Jadraque, Atienza…
-¿Ves? –dije yo muy engreída, ya lo sabía… eso es lo que conocen todos.
-A ver –me dice muy serio, está al norte, al sur, al este o al oeste.
-Pues para no mentir, debería señalar que está por el centro.
-¡Brihuega! –yo me quedo de piedra.
-¡Cifuentes!-después de una palabrota le digo: -te acercas.
-¡Trillo! –palabrota más gorda y comentario: -casi te quemas.

Evidentemente yo no me veía, pero debía tener los ojos fuera de las órbitas. Entonces me explicó que ellos hacen las prácticas a dos kilómetros de Trillo, en una antigua leprosería.
-Pues a unos tres kilómetros está mi pueblo, le informé.
-Pues llevabas razón, no lo conozco. –Nos entró la risa a los dos.
-¿Has visto como lo sabía?

-Estamos llegando. –informa el conductor.
En ese momento pensé en todo el follón que se organizó alrededor de mis mareos y comenté:
-Vaya espectáculo que he montado…
-Pues sí –contestó el galeno.
La verdad es que yo esperaba algo como: ¡anda, boba, no pienses ahora en eso, ha pasado y ya está! Y continuó:
-La verdad, es que ver una chavala con la cazadora de un agente de movilidad, amarillo chillón, con silbato incluido y sentada en un banco, llama la atención.

Ya tenía más ganas de reír, me encontraba mejor.
-Ya te vale, le dije entre sonrisas.

Amanece en Madrid

martes, 1 de diciembre de 2009

El poder de los que no existen

Un verano, a uno de mis hijos se le cayó un diente. Estaba eufórico porque iba a venir el ratón Pérez.

Estábamos en el pueblo y se marchó corriendo a la plaza a contárselo a los demás niños. Al cabo de un buen rato, llegó un poco amoratado y ensangrentado: se había peleado. Lo primero que dijo al abrir la puerta fue: -Mami ¿es verdad que los Reyes Magos no existen? Ni Papá Noël? Ni el ratón Pérez? Era la hora de la comida... ¿quién esperaba esa pregunta?. Nos quedamos todos mudos. -¿a que no es verdad?, ¡mami, dime que no es verdad! Solo atiné a preguntar, que a qué venía eso, a lo que me respondió que los niños en la plaza se habían reído de él y tuvo que defender la existencia de todos seres mágicos, que de vez en cuando nos hacían felices a todos, incluso a aquellos que los negaban, pero sin espada ni armadura.

No hacía mucho que había cumplido los 10 años, la verdad es que deberíamos habérselo dicho ya, pero, todavía era tan inocente... Nos miramos su padre y yo y nuestras mentes se pusieron de acuerdo. Le dije, -no te enfades, cariño, pero esos niños tienen razón. Me miraba como si estuviera desvariando. No le entraba en la cabeza...

Un año, a uno de los reyes se le cayó un guante en su dormitorio. En otra ocasión, vió las huellas del ratón por encima de la mesilla... Evidentemente, el mundo se había vuelto loco para él; tenía evidencias de que llevaba razón.

Avanzó unos pasos hasta que se puso a mi lado. -Mamá, ¿es verdad lo que dices? -balbuceó entre lágrimas. -Sí, contesté. Se limpió las lágrimas, comenzó a sonreir y dijo: -vale, ahora me voy otra vez, pero cuando vuelva es como si todo esto no hubiese pasado....

Aquel día, mi hijo se hizo mayor.

21/09/2009 Amanece en Madrid