domingo, 29 de noviembre de 2009

El día a día...

Te levantas con el alba
Un poco despelucada
Cuatro rulos en la testa
Y ¡hala!, ya estás peinada

Que si pones desayunos,
¡Venga niños que ya es tarde!
¡sois más brutos que los hunos!
Hay que ir a la guarde.

Uno ha tirado el estuche
Otro tira la pelota
¡Aquí no hay quien escuche!
Me vais a volver idiota.

Haz las camas, la comida
Limpia el polvo, friega el suelo
Y si aún te queda vida
Dále cháchara al abuelo

Otra vez a la batalla
Ya vuelven de los colegios
A mí la piña me estalla
Y ellos, ahí, firmes y recios.

Es la hora de la siesta
¡qué placer y que relajo!
Como no pueda posar la testa
Mando a todos al carajo.

les preparo sus bocatas
Es la hora de la merienda
¡Yo quiero paté de lata!
Anda y cómetelo, ¡prenda!

Oigo botar la pelota
pero a tiempo no he llegado
la tele y la mesa: rotas.
¡Decidido!, al internado.

La cena está preparada,
comen sin decir ni pío,
¡Colocaos las almohadas
y a dormir los dos u os frío!.

Me voy derecha a la cama
ya no me tumbo, me tiro,
no me pongo ni el pijama,
y me duermo en un suspiro.

Amanece en Madrid

viernes, 27 de noviembre de 2009

Historia inacabada...

Nos habíamos quedado quietos los dos, fundidos en un fuerte abrazo, no sabría decir el tiempo que llevábamos así, cuando pude escuchar a un miembro de la orquesta decir:
-Señores, por favor, vamos a cerrar. Nos miramos a los ojos rompiendo así nuestro abstraído abrazo y pusimos los pies en la tierra de nuevo.

No había algarabía de gente, ni humo, ni camareros caminando con prisa para servir las mesas. Estaba todo recogido y preparado para la próxima apertura. Las mesitas redondas con el incólume mantelito cuadrado, parecían estar colocadas con escuadra y cartabón, al milímetro, todas iguales. Las sillas apoyadas sobre sus patas delanteras, descansaban su respaldo sobre la mesa. El suelo parecía un espejo, solo quedaba por limpiar el trocito de pista que ocupábamos tu y yo.

Volvimos a mirarnos y muertos de la risa, tomaste mi mano y comenzamos a caminar para salir de allí. Al llegar a las primeras mesas, paraste en seco.
-Espera -me dijiste.
Volviste tus pasos de nuevo a la orquesta que estaba recogiendo los instrumentos para marcharse. Creo que les estabas pidiendo una última canción. Empezaron a revolucionarse un poco, pero observé como sacabas un billete del interior de tu americana que recogió uno de ellos sin mucho pudor.

Te giraste. Empezaste a caminar hacia mí. Alto, robusto, firme, con esa mirada tierna e irresistible que me hacía temblar. Tendiste tu brazo hacia mí. Yo alargué el mío como respuesta. Tomaste delicadamente mis dedos y nos dirigimos de nuevo al centro de la pista. Llevaste mi mano detrás de tu cuello para colocar después la tuya en mi talle, aproximándome a ti lentamente. La otra la depositaste suavemente en tu pecho y reteniéndola allí con decisión. Estaba turbada. Las piernas me temblaban. Tenía que mantener la cabeza algo inclinada hacia atrás para poder mirarte a los ojos. Me gustan tanto tus ojos…

En ese instante, comenzó a sonar la música. Me quedé sobrecogida. Una burbuja de fuego recorrió mi cuerpo desde la nuca hasta los tobillos. Ya no podía mirarte, cerré los ojos, recosté mi cabeza sobre tu pecho y me dejé llevar… Casi al tiempo, me besaste el cabello y dejaste allí tus labios, pegados a mi pelo, dejando escapar de vez en cuando un “casi” imperceptible beso. Tú, tenías la mirada perdida en el infinito…

Empezó a sonar “Unchained melody”…

Dios, no quería despertar de aquello. Quería seguir soñando. Hubiese dado lo que fuera por seguir así otros tres minutos más, otras tres horas, otros tres días… otras tres vidas.

Uno de los camareros que se marchaba ya, se quedó embobado, mirando la escena. Creo que se emocionó, como yo.

Se apagó la última nota de la canción. Busqué con urgencia tu mirada que me respondió con la misma avidez, mientras una tímida lágrima escapaba de mis ojos. Tú la besaste y yo, me emocioné más si cabe.

Encendiste un pitillo, me tomaste la mano, atravesamos el conjunto de mesas rodeadas por las verdes paredes enteladas, en las que de cuando en cuando, unas acuarelas lucían soberbias, en tonos monocromáticos iluminadas por apliques, proporcionando así, un efecto de luces indirectas sobre el salón, que lo hacían más acogedor todavía con los centros de margaritas amarillas y naranjas que envolvían esa vela, ahora apagada, y que había relucido a lo largo de la noche, otorgando esos tonos dorados en la estancia.

Atrás quedaba la pista, con sus focos en lo alto que habían hecho danzar sus haces de luz al ritmo de la música y, que extenuados de tanto baile, habían dejado de brillar

Salimos por fin del garito. Necesitaba respirar. Lo necesitábamos los dos.

Miré al cielo, comenzaba a clarear. Había una niebla atroz, de las que traspasa hasta los huesos. Parecía que estábamos fumando los dos, aunque yo no lo hiciese… Tiraste el cigarrillo al suelo aplastándolo después con el pie, pasaste tu brazo sobre mis hombros y comenzamos a caminar con paso ligero.

No pasaron más de cuatro minutos cuando llegamos a la puerta de tu hotel. Nos paramos. Me miraste y dijiste:
-Me tengo que cambiar, ¿me acompañas arriba?
Yo asentí con la cabeza y nos perdimos entre la gente que había en el hall....

domingo, 22 de noviembre de 2009

PEGASO Para ti


Me levanté una mañana, aparté las cortinas de la ventana, subí la persiana hasta arriba.... ¡Qué bonito día...! El cielo intensamente azul. El sol brillaba sin cegar. El húmedo olor a hierba recién cortada... Sí, hoy amanece bonito en Madrid, pensé.

A lo lejos, se distinguía algo en el cielo, no sabía bien lo que era. Era algo grande, pero no era un avión, ni un helicóptero. Se iba acercando y, jajaja, no me lo podía creer... ¡no puede ser! ¡es… Pegaso!

¡Que sí, que era Pegaso!, un caballo precioso con unas enormes alas y blanco como la nieve. Venía hacia mí. Se posó en la terraza de mi ático. Yo tuve múltiples sentimientos contradictorios. ¡Pero si Pegaso no existe...! Ya me vale... Pero ahí estaba, mirándome. Se me acercó un paso, el mismo que yo retrocedí. ¿Cómo puede darme miedo algo que no existe? Temblaba toda, se me saltaban las lágrimas del miedo, pero no podía gritar. Se acercó otro pasito y cuando fui a retroceder, topé con la pared. ¡Dios! y ¿ahora?

Entonces, muy lentamente se fue acercando (yo creo que incluso sonreía), me agarró la manga con su hocico y me llevó hacia él. Me hizo comprender que subiera a su grupa, y, con mucho reparo me encaramé sobre él y me agarré a su fuerte cuello.

Era suavecito y cálido, amoroso... De repente alzó el vuelo, y... que sensación. Volábamos contra el viento... A Pegaso la crin le ondeaba hacia atrás, igual que mi pelo, con la cara despejada, era agradable sentir el viento.

¡Qué bello es volar...! se colocan las mariposas en el estómago y sientes sensación de libertad y de tranquilidad.

Al fondo había una nube blanca, parecía un gran borregote, mejor, un rebaño de borreguitos lanudos y blancos. Nos zambullimos en ella. Aquello era como el túnel del tiempo, allí estaba yo, todavía con el cordón umbilical sin cortar, jajaja, que bichillo redondete, pobre madre mía.... después mi primer día de cole, con mi baby blanco y mis coletas con lazos; luego nació mi hermano, a continuación... a continuación todo lo demás. Mi vida, con sus cosas bonitas y las que no lo fueron tanto, con mis aciertos y mis errores, con mis esperanzas y mis desesperanzas, mi familia, los que están y los que no.

¡Qué bien me sentí! Me abracé más fuertemente a su cuello, esta vez no para sujetarme, sino que era un abrazo de cariño y emoción. Ya no me das miedo. No. Pegaso era... ¡qué se yo...!

Salimos de la nube, volvimos a ver el inmenso azul del cielo y el sol brillante que caldeaba esta mañana primaveral. Llegamos nuevamente a la terraza y se posó con suavidad. Me bajé de su grupa, y mientras miraba aquella nube le pregunté ¿Y tú Pegaso? ¿Cómo ha sido tu vida? ¿Has sido feliz? Dame un paseo por tu nube, porfa... Cuando me volví, ya no estaba. ¿Cómo se fue? No le ví marchar. No le veo alejarse... Miré la nube de nuevo, el cielo, el sol.

¡Estuve en esa nube!, ¡lo sé! Pero si Pegaso no existe... ¿Cómo llegué yo allí?

A veces, cuando salgo a la terraza, me parece que le estoy viendo y me siento feliz al verle al tiempo me invade una gran añoranza porque no se para en mi balcón de nuevo.

Amanece en Madrid

sábado, 14 de noviembre de 2009

Sabía que me visitarías


Como seguramente en poco tiempo tendré una visita, te contaré, visita, que a mí me da por escribir. Escribo lo que pasa en ese momento por mi cabeza; cosas bonitas o algo menos, divertidas o tristes, pero son mías: "mis cositas". No soy escritora, sería un insulto para los que lo hacen bien, es una manera de volar con la imaginación, una manera de vivir otros mundos, de visitar sensaciones, de escuchar colores o de oler texturas...

Este no es un lugar, como has podido comprobar que frecuente. Desde aquí leía a mi profesor de literatura que sí es un genio escribiendo. Pero como deferencia a tí, visitante esperado, te dejo algo que escribí hace un tiempo... Espero que te guste.


LA CADENA

Si la vida fuese una cadena en la que los eslabones fuesen los días, nos encontraríamos cadenas oxidadas por el tiempo, por la mala vida que llevaron expuestas al agua, y a las inclemencias del tiempo. Otras, estarían brillantes por el cuidado continuo. La mayoría ni una cosa ni otra… Estas serían de colores… Vendrían siendo algo así como una sucesión de colores.

Al nacer los eslabones serán blancos, limpios y claros como la nieve sin pisar.

Mientras somos niños, los días son amarillos intensos, que son pura creatividad y ganas de aprender, verdaderas esponjas de la información.

Los días de los niños un poco creciditos, pero sin entrar en la adolescencia, son naranjas, positivos, con una gran confianza y abiertos, comunicativos. Siguen siendo esponjas, pero ya no absorben simplemente, sino que distribuyen la información a su lugar correspondiente.

¡Ay la adolescencia y sus eslabones! Estos son multicolor, como el arco iris, lo mismo son amarillos, que naranjas, que negros, que verdes…

La juventud es distinta, sus eslabones empiezan a definirse. Al principio son rosas de enamoramientos y negros de batallas perdidas en la cruzada del amor. Finalmente suelen ser rojos, calientes, pasionales, emprendedores, instintivos, impulsivo, delirante…

En una juventud madura, los eslabones se sosiegan, se equilibran se vuelven más marrones, más tierras, más pardos.

La madurez… Los ocres, tostados, pajizos… eslabones sin brillo, áspero, basto…

Y la herrumbre, cardenillo y verdín de la vejez… Esos eslabones con tanto trabajo realizado que hasta se pueden ver retorcidos y encogidos, haciendo a veces, formas siniestras. Seguramente habrá alguno que esté roto por el esfuerzo…

Aunque entre todos ellos, habrá verdes que no pierden nunca la esperanza. Blancos de inocencia. Negros de adversidad. Azules: fríos y tranquilos. O colores pastel, que gritan paz.

Os deseo unos eslabones llenos de color, llenos de alegría, llenos de paz, llenos de atardeceres naranjas y noches salpicadas de purpurina dorada. Días en que los rayos de sol os caliente el cuerpo y el alma. Os deseo definitivamente, una cadena larga, sin huellas ni marcas, ni trazas de que esté dañada, con el brillo que la vida da a quien bien la trata.

Esto como teoría está muy bien, pero en la práctica, no hay cadenas. Yo en mi madurez no tengo una cadena larga, blanca por el principio y amarilla en la infancia, ni después la niñez anaranjada, ni luego la adolescencia, ni juventud, ni nada… tan solo tengo un eslabón, el de hoy, el presente, el que está y ese, es el que realmente hay que cuidar, el eslabón que tienes en las manos día a día, porque por mucho que mires hacia atrás, no verás la cadena pasada; y si miras hacia delante, la que queda por llegar… Solo uno, uno nuevo cada día que tú pintas como quieres, como sientes, como sueñas y si no existe el color que quieres, lo inventas, que para eso tienes lo que las personas tienen: capacidad para crear.

Amanece en Madrid